CASITA DE MONTE

La gente copia la bondad de la tierra, y la pone en práctica en sus días de vida, la imita, tiene 14 hijos y una esposa, con ella aprende que en cada parto entrega la vida y derrota a la muerte, la tierra es la imagen más fértil que busca, para ello siembra en los surcos la yuca y las hortalizas, así los hombres y mujeres; esa gente, deja la soledad y se acompañan, cada día crece el uno al otro a la vez que mueren juntos.

En ese instante El recuerda en la soledad y pobreza que vive, que el maíz y el frejol y unas pocas plantas sembradas en la huerta no le permiten variar la comida.

Algunas veces junto a su padre en la casita, en el fogón se ríen en cuclillas de lo que pasa en el campo ese día.

Tiene la dicha de nacer de nuevo cada día.  Sale y entra del monte de ahí del primer encuentro en la selva, de esos chaquiñanes desordenados, mira cada día el horizonte atrayendo a la selva como el mejor sitio para vivir acurrucados, aun cuando llueve quiere caminar por debajo de las guamas y beber el agua sin espinarse, corta los árboles y retira sus ramas y despeja la trocha, encumbra  el poste para su límite y sueña construyendo su casa uniendo los palos nudo a nudo con  bejucos.

El tiempo se va, llega ella y como esposa le ayuda en los montes a su amado, los dos se aproximan a un paso muy duro casi cada año, la noche que desequilibra el rumbo del silencio y brilla con la llegada de un nuevo hijo les alcanza. Ella, se encuentra bastante enferma aunque ya amanece el día, reduce un punto al despedirse de este mundo, sentado sobre la cama rápidamente se levanta y habla: ¡Ten ánimo! y ora.

Ese instante es demasiado; Dios le ha devuelto a su costilla y extiende la gracia de vivir hasta ahora.

Surge una cuestión entre los árboles y un jardín que les rodea. Se pregunta ¿privarnos la dicha?... y responde: ustedes los hijos vienen de padres dirigidos por Dios…¡se levanta! Expone sereno ¡no siento que vienen de padres muy fecundos!.

Unieron las dos chacras en una sola y hoy de su fruto viven, que importa los alimentos de la tienda se adentran en los choclos y el fréjol,  en aquello que no se compra con dinero ni mucho menos sin labor. Explorando otro día fueron a la playa a escarbar oro entendiendo que también es polvo, cuando se desploma de sus dedos, por lo mismo haciendo trueque entre lo suyo y lo de otro sobreviven, pronto a la dicha se hace suave la vida y la colonización.

Mientras que despacio y un poco rudo se descubre que el ¡Bendito Señor trajo las palabras de felicidad a la humanidad! Y que estar aquí es formidable alegría. Muchas veces como objeto de la muerte ha escapado como pocos.

El tiempo ahora ya no es igual los abuelos no ha alcanzado a mirar este día, Yo no debo estar sentado aquí, y de aquel entonces cuando no tenía esperanza no había propósito y el hastío del cansancio era cobija del día y de la noche en esa jungla de la nada, hoy salto. Recordando;

Alma de exploradores

que busca las campanas

que cuelgan en Loreto

ahí me dejo solo.

Y yo quiero llegar acá.

Mientras ellos dudan.

Tu mi compañera me deslizaste útilmente al encuentro de mujer y hombre apresurados contra el tiempo construimos junto a la quebrada con un montón de hojas y muchas piedras el cálido refugio de nuestro cuerpo, unimos paso a paso la madera ajustando en cada chilla un bejuco presionando la gravedad entre ventana, una cocina y un dormitorio, entonces cuando levantada esa triste casa  alegro la tierra creció en dos, De caminos estrechos y delgados para subir, separados, libre entre el fuego y la luz que entra a las ventanas levantadas casita de monte la de todos y de amigos, juntos salpicamos carcajadas a los vientos el inicio del amor.  Y permaneciendo por siempre disfrutamos de ese génesis entre amigos. ¡Ho! alegre y triste casita de monte.

Escrito por: Leighton Natanael Zarria Alvarado.

Área: general de literatura

Especialidad: narrativa

Formato: cuento